Mudarnos a Buenos Aires

4 de junio de 20252 min
Mudarnos a Buenos Aires

Primeros pasos en Argentina: taxis, calor y un nuevo ritmo de vida

Salimos del aeropuerto de Ezeiza con las maletas y una barriga enorme: mi mujer estaba embarazada de ocho meses.
El invierno lituano había quedado atrás. Volábamos hacia el sol, en busca de calma y de una vida nueva.

El taxi hasta la ciudad costó 30 dólares. Lo primero que pensé fue en lo barato que resultaba todo comparado con Europa; luego me sorprendí a mí mismo cayendo en la cuenta de que no tenía ni idea de en qué nos estábamos metiendo. Ni conocidos, ni idioma, solo la certeza de que este sería un lugar mejor para criar a un hijo.

Palermo Chico: entre Pinterest y la realidad

Encontré un departamento en Palermo Chico. En las fotos parecía sacado de Pinterest; en la realidad, los muebles estaban gastados y la ducha goteaba, pero el balcón daba a unos árboles verdes. Me dije: «Total, si solo vamos a estar aquí un par de meses…». Pero en el fondo ya lo sabía: si las cosas salían bien, nos quedaríamos.

El primer día pasó como entre la niebla: el calor, el español por todas partes, el aire denso de humedad y de flores. Comíamos helado ahí mismo, en plena calle, paseábamos por la Recoleta y no nos soltábamos de la mano en ningún momento. Fue uno de esos raros momentos de la vida en los que ya despegaste de tu antigua realidad, pero todavía no aterrizaste en la nueva.

Cuando ya dejas de ser turista

Un par de días después encontré un coworking cerca y me anoté a clases de español. Me compré una tarjeta SUBE para el transporte y me sentí casi un local. Casi.

La tercera noche no lograba dormir: el bebé, en la barriga de mi mujer, pateaba con especial fuerza. Estábamos acostados, mirando el techo, tomados de la mano en silencio. Y de pronto lo vi claro:
Ya no éramos turistas. Éramos de los que se quedan.

Dos semanas más tarde, Argentina ganó el Mundial de fútbol. La ciudad enloqueció. Y nosotros, con ella.