Cómo un viaje frustrado se convirtió en una vuelta al mundo

Cuando todo salió mal, y resultó ser lo mejor que me pudo pasar
En realidad, iba a una conferencia sobre blockchain de lo más común y corriente. Reservé los billetes a Tallin, preparé las diapositivas, pulí el pitch e incluso lavé con antelación la camiseta con el logo de mi startup, por primera vez en mucho tiempo.
Pero esa mañana nada salió según lo previsto. Primero no sonó el despertador, luego se averió el ascensor, después el taxi se quedó atrapado en un atasco y ahí estaba yo, plantado con la maleta en la mano frente a un mostrador de facturación cerrado, como un idiota. En mi cabeza no paraba de repetirse: se acabó, esto es el fin: ni conferencia, ni inversores, ni café en el coworking de la azotea del hotel.
Primer paso: un café en lugar de la conferencia
Y entonces pasó algo extraño: no me puse a cambiar los billetes ni a escribir disculpas atropelladas a los organizadores. Simplemente me senté en la cafetería más cercana y pensé: ¿y si… no vuelvo?
Así empezó mi primera vuelta al mundo sin plan ni fecha de regreso. Solo una ruta hacia donde hiciera calor, fuera barato y hubiera wifi.
Vino, jachapuri y un «no hacer nada» temporal
La primera parada fue Georgia. Bebía vino, comía jachapuri y me convencía de que era solo un descanso. Una semanita o dos y de vuelta al ruedo. Luego vinieron Japón, Singapur, Colombia… y esa semanita se estiró hasta convertirse en nueve meses.
Una maleta cargada de pasado y el afán de mantener el viejo ritmo
Seguía arrastrando siempre la misma maleta, que entre otras cosas guardaba una carpeta con las diapositivas impresas de mi charla. Ya sabes, por si acaso se me olvidaba la idea. Hasta intenté abrirla un par de veces. Una en Bombay, otra — en algún lugar de Sídney. Pero siempre lo dejaba para después, porque estaba ocupado viviendo.
De la libertad a la estructura: la costumbre de planificar hasta el descanso
Al principio quería sentirme libre: sin plazos, sin reuniones, sin esa carrera eterna. Pero, para mi sorpresa, descubrí que no estaba a gusto sin un horario y empecé a fabricármelo de forma artificial: en Quito me monté un sprint de español. En Lima me di dos días para entender el mercado del alquiler de patinetes. En Goa me levantaba a las 6 de la mañana a hacer tablas en Notion, porque había que estructurar el viaje. Suena ridículo, pero me machacaba incluso en el descanso.
Cuando el trabajo se convierte en un ancla, hasta en el trópico
Llevaba dentro el viejo código. Como si siguiera viviendo según las mismas reglas, solo que en otras zonas horarias. Aterrizara donde aterrizara, lo primero que hacía era buscar dónde trabajar. Un coworking, un café, una sesión de Zoom. Me decía que solo estaba en remoto. Pero, en realidad, lo que pasaba es que me daba miedo parar. Quedarme quieto, así sin más, y a solas con la pregunta: ¿quién soy yo sin todo este ajetreo sin fin?
El punto de inflexión en un pueblo chileno
El punto álgido llegó en Chile, en un pueblo perdido, donde me robaron el portátil y me quedé sin mi centro de mando. Estaba sentado junto a la ventana, envuelto en una manta, intentando recordar para qué había salido de viaje siquiera. ¿En qué momento el viaje dejó de ser una alegría y pasó a ser un simple cambio de escenario para el mismo guion de siempre?
La meta interior y la maleta como símbolo del cambio
Abrí la maleta y ahí (como en una puñetera película) estaba aquella misma camiseta con el logo de la startup. Lavada, cuidadosamente doblada. Sin estrenar. Todo un artefacto de mi antiguo [yo]. Ridículo, entrañable y completamente fuera de lugar.
Pues justo así había estado arrastrando conmigo, todo este tiempo, a aquel yo de la otra vida. Con todo su set de creencias, angustias y la eterna necesidad de lograr algo. Y entonces lo entendí: da igual dónde estés, en una videollamada con inversores o en una tienda de campaña en la playa. Si por dentro no has cambiado de coordenadas, no haces más que arrastrar la maleta de tu vieja vida por países nuevos.
La vuelta al mundo no terminó en Bali, ni en Los Ángeles, ni en la Torre Eiffel. Terminó por dentro. La primera vez que me permití simplemente no hacer nada, no planificar, no buscarle un sentido, y simplemente ser.
Y la carpeta con la ponencia nunca llegué a tirarla; sigue en aquella maleta. Pero ahora como recordatorio de que sé ser otro cuando quiero.